Un escritor en la frontera

En “El Sur”, Jorge Luis Borges supo que el pasado criollo no puede ser buscado sino que debe ser encontrado; no es tomado en adopción sino otorgado como don, y esta creencia le permitió también tener una opinión sobre las deformaciones de ese pasado y las exageraciones de quienes adoptaban, como los inmigrantes, una cultura desde afuera.

Borges escribe que el destino es ciego e implacable con quienes se equivocan. Esto se aplica a la ensoñación de Dahlmann y anticipa el desenlace de las adopciones descuidadas. Distraído por el pintorequismo de la escena rural y la tipicidad de la pulpería, Dahlmann no puede resistir la tentación del duelo que puede ser leído como cumplimiento de un destino pero también como castigo al bovarismo, porque el criollismo de Dahlmann es, como el romanticismo de  Emma Bovary, un efecto superficial y de la literatura tomado al pie de la letra. Ambos sentidos forman el pliegue de la ironía en el relato.

La matriz borgeana para la literatura argentina responde al ordenamiento europeo de la herencia americana más que al predominio localista sobre la cultura europea. En “El Sur” nunca habrá final feliz, ni mezcla pacífica, sino conflicto. La muerte de Dahlmann es significativa no sólo porque adopta la forma de un duelo criollo bajo el cielo de la llanura sino porque el hombre en quien ese destino se cumple es bibliotecario y nieto de un pastor protestante europeo. Dahlmann, dice Borges, cultivaba un criollismo algo voluntario pero nunca ostentoso propio del hombre de ciudad, ajeno a la dimensión arcaica del almacén de llanura a donde llega para recibir el mandato de un duelo. La realización de esta heterogeneidad remite no sólo al doble origen de Dahlmann y de Borges, sino a la cultura argentina misma.

En Borges, la mezcla es indispensable y problemática al mismo tiempo. Él esta muy lejos de las apacibles soluciones sintéticas que harían de la Argentina el espacio de la fusión cultural. Por el contrario, toda su literatura esta atravesada por el sentimiento de la nostalgia, porque percibe el pliegue de dos mundos, la línea sutil que los separa y los junta, pero que, en su existencia misa, advierte sobre la inseguridad de las relaciones. Borges distingue espacios y previene amenazas y los peligros del borramiento imaginario de los pliegues que, en la ficción, organizan dos culturas, dos lenguas, dos historias. En este sentido, la literatura de Borges es de frontera: vive de la diferencia.

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