Florencia Bonelli, la nueva reina de la novela rosa

Lectora antes que escritora y defensora de las historias con final feliz, se define como una romántica de sangre. En diez años publicó ocho títulos y revolucionó el mercado editorial con una carrera insospechada

Domingo 07 de febrero de 2010 | Publicado en edición impresa del diario “La Nación”
A Florencia Bonelli le gusta definirse como una lectora que escribe. Es mujer, lectora, contadora pública y escritora autodidacta. El suyo es un inesperado fenómeno editorial tan venerado por un público fiel como ignorado por la crítica y el mundillo literario. Tiene ocho títulos publicados, algo así como cien mil ejemplares vendidos en la Argentina, gran repercusión en América latina y éxito creciente en Alemania, España y Portugal. Tiene, también, una increíble capacidad para asumir sus limitaciones literarias y capitalizarlas a su favor.

El prólogo de su vida de escritora fue escrito por tres hombres: su papá, un tío y su esposo. Nació en Córdoba capital, el 5 de mayo de 1971, hija de Eileen -profesora de inglés- y Roberto -ingeniero civil-. Con el tiempo se convirtió en la hermana mayor de Carolina y Lucas. Eran una típica familia de clase media -“re-media”- que, entre su casa de Córdoba y un “ranchito” construido por su padre en Villa Carlos Paz, vivían tiempos de felicidad.

Lo de la literatura se lo debe a su papá. El hombre era un convencido de la riqueza que los libros podían darles a las vidas de sus hijos. Era él quien les contaba el cuento de cada noche. Y fue él el que les regaló un ejemplar tras otro: Las Fábulas de Esopo, la colección Robin Hood, la biblioteca Billiken. Después, un tío continuó la evangelización y le llenó la adolescencia de best sellers de Sidney Sheldon. Fue, recuerda, un punto de inflexión.

A los 17 años fantaseó con estudiar Letras, pero el único futuro que imaginaba la mostraba como docente. Y a ella la docencia no le gusta. Después de todo también le gustaban las matemáticas, así que decidió estudiar Ciencias Económicas. Así conoció a Miguel, un compañero cinco años mayor, que era contador y cursaba Administración de Empresas. Dos años después eran novios. Al tiempo se instalaban en Buenos Aires. El 6 de diciembre de 1997 se casaron.

La escena de la biblioteca existió, sin tanto almíbar, mientras Florencia y Miguel estaban en la casa de los padres de él. Ahí encontró, cuando su marido la besaba, una edición de El árabe (The Sheik ), de Edith Hull.

-Apenas lo vi intuí que ahí había romance. Lo llevé y no pude parar. En la oficina, lo ponía abajo del escritorio para poder leerlo. Era una obsesión.

Atrapada por la historia de la mujer raptada por un sheik que termina enamorándose de su captor, Florencia le dijo a Miguel que tenía la cabeza llena de escenas. Y él le contestó: ¿Y por qué no las escribís?

***Es 1997. Florencia Bonelli llega a su casa después de trabajar todo el día en la Comisión Nacional de Comunicaciones. Prepara la cena, come con Miguel, lava los platos y se pone a escribir. En una computadora prestada, lo primero que tipea es: “Cuando Antonina subió al barco no sabía que estaba embarazada”. A deshoras, sin más formación que la que pueden dar miles de novelas rosas, empieza a enhebrar los besos, las miradas y las intrigas de su primera novela. Le sale algo muy parecido a lo que suele leer. Por eso no duda cuando tiene que devolver la computadora: copia lo escrito en un diskette y sale con Miguel a comprar una máquina propia: una Packard Bell -una gran caja de chapa y plástico a la que llamarían “El elefante”- que les cuesta 1300 pesos. Y por 600 más se llevan una impresora.

-Una inversión total de casi 2000 mil pesos. O dólares- apunta la implacable máquina de dar precisiones numéricas que es Miguel.

-Eso fue lo que costó que fuera escritora -dice la eterna enamorada que es Bonelli.

***Es diciembre del 97. Bonelli pone punto final a la historia de su propio árabe. Dos meses después pone punto final a su carrera como contadora. Y un día, con algo del heroísmo y la turbación de sus personajes, agarra las Páginas Amarillas. En la E de editoriales se pone a buscar a alguien que quiera publicar su historia. Al poco tiempo, el manuscrito con el trabajo de un año ya está en el despacho de algunos editores y en los tachos de basura de otros. Hasta que se produce el milagro: logra hablar con una editora de Javier Vergara Editores, “la” editorial de la novelas románticas. La novela está bien, le dicen, pero buscamos algo más histórico.

Algo más histórico era lo que estaba escribiendo. Hacía meses que preparaba una novela ambientada en la época de Rosas que finalmente Vergara publicó en noviembre de 1999. Bodas de odio tuvo una tirada de nueve mil ejemplares, de los cuales unos 1800 se vendieron en el país. El resto, en España, México, Venezuela, Puerto Rico y Colombia.

Cuatro años más tarde Plaza & Janés publicaba Marlene. Y en 2005 llegó la consagración con Indias Blancas (Plaza & Janés), la historia de una mujer de linaje intachable que comete el error de enamorarse de un indio ranquel. El mismo año se publica la segunda parte: Indias Blancas. La vuelta del ranquel.

En 2005 firma contrato con su tercera editorial (Santillana) que en 2006 publica Lo que dicen tus ojos, aquella primera novela escrita en una computadora prestada, que permanecía inédita. Luego llegarían El cuarto arcano y El cuarto arcano. El puerto de las tormentas (2007) y Me llaman Artemio Furia (2009).

Diez años. Ocho libros. Una carrera insospechada.

***La melena carré, las cejas arqueadas, los pómulos vigorosos. El collar de perlas, los aros de perlas y el anillo, con una perla. Sentada en el sillón de su departamento de Belgrano y custodiada de cerca por Miguel, Bonelli dispara con la delicadeza de una princesa de cuento algunas ideas que en boca de otra persona causarían estupor. Dice que está convencida de que si hubiera hecho la carrera de Letras hoy sería una frustrada. “Es que cuando te pasás la vida estudiando a los grandes te sentás a escribir queriendo ser grande como ellos y te frustrás. Porque es imposible.” Sube la apuesta: “Reconozco que en el ambiente literario nadie me da pelota. Como que no existo. Es muy raro que me hagan una crítica. Y si la hacen, es para matarme”.

La novela romántica es al mundillo literario lo que un colorido y artificial jugo en polvo puede ser a una bodega de vinos premium. Las críticas pueden tener la forma de violentas defensas a la alta literatura o la ferocidad solapada del ninguneo. Personajes estereotipados, historias previsibles, tozudos finales felices… dicen. Estoica, Bonelli acepta el juego y responde.

-Los personajes estereotipados a nosotras no nos molestan.

-Nosotras ¿quiénes?

-A mí y a mis lectoras. A mí como lectora no me molesta. Reconozco la grandeza de algunos personajes y que otros son medio mediocres, pero son fantásticos.

-También se critica que las historias pueden resultar algo previsibles…

-Final feliz siempre. Sabemos que los personajes van a terminar juntos, el chiste es cómo van a llegar hasta ese final. Cómo sortean los problemas, quiénes los van a querer separar… A otras personas les gustará leer una literatura más filosófica… A nosotras nos gusta esto. Y bueno, historias previsibles, sí.

-¿Tus lectoras no soportarían un final abierto o trágico?

-Te explico: cuando sos lectora de novelas románticas las lees poniendo el cuore, sin dormir de noche y viviendo de delivery porque no te podés despegar del libro ni para cocinar. Cuando lo terminás, con final feliz y todo, quedás medio nostálgica. Estás como una semana extrañando a los personajes.

Ocurre. De repente es una fanática del amor. Revolea los ojos. Suspira. No habla de sus lectoras. Habla de ella misma. Habla de lo bajo, bajísimo, desleal que sería un final que no fuera feliz. Habla de eso y ensombrece.

-Por ejemplo que Red Buttler, el gran personaje de Lo que el viento se llevó termine como termina a mí no me gustó. ¡Me quería matar! Esta estúpida de Scarlett enamorada de este otro idiota cuando tenía a semejante hombre… ¡Y cuando se da cuenta de que lo quiere el otro se va! Tenía ganas de tirar el libro por la ventana. Leer una novela romántica no es simplemente lectura. Involucrás muchos sentimientos.

-Sigamos con las críticas: las autoras de novelas románticas tienen pocas aspiraciones literarias.

-Nunca las tuve. Por eso digo que soy una lectora que escribe. Y escribo lo que me gustaría leer. Y coincide con el gusto de otras mujeres.

-¿Cómo definirías tu estilo?

-Como simple. Lo único que quiero es que se entienda lo que quiero decir. No uso recursos raros. ¿Viste como escribía Camus? Historias maravillosas, sin frases confusas ni párrafos largos, con pocos adjetivos…

-¿Tu estilo es como el de Camus?

-No, por supuesto que no, por Dios. El era un genio. Quiero decir que no hace falta ser complicado para ser escritor. Mi estilo es universal, para que todos lo entiendan. Además, no me sale escribir raro. Si los dientes son blancos no son perlas, son dientes blancos. Fui así desde que me enseñaron metáforas en sexto grado y dije: “¡Qué estupidez esto!”

-Es muy común que hagas cruzar a los personajes de una novela a otra…

-Te enamorás tanto que te cuesta soltarlos. Me cuesta muchísimo descolgar la foto de los personajes de la pared de mi escritorio. Y a las lectores les pasa lo mismo.

-¿Qué importancia tiene el sexo en tus historias?

-Es muy importante. El sexo es una parte importantísima del amor de pareja y tiene que estar en su justo equilibrio.

-Siempre como consecuencia del amor…

-Por supuesto. La infidelidad entre los personajes está prohibida. Tiene que ver con que una vez que descubrís el amor verdadero, que no es fácil de encontrar, no tiene sentido tirar todo por la borda.

-¿Escribís sobre un mundo que existe o un mundo que te gustaría que existiera?

-Hay de todo, hay personajes extremadamente luminosos y extremadamente oscuros. Es como la vida…

-En la vida no hay siempre final feliz…

-Pero en mis historias da la casualidad que sí. Si escribir un final feliz es crear una trama utópica para lo que es el mundo, bueno, está bien. Es lo que nosotras queremos.

-Nosotras ¿quiénes?

-Yo y mis lectoras.

 

 

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