“La Cautiva” en la actualidad

El arte de revivir “La cautiva”

Domingo 02 de diciembre de 2001 | Publicado en edición impresa del diario “La Nación”
El arte de revivir "La cautiva"

El Brian compuesto por Gastón Pauls apela a todo para rescatar a su esposa y a su hijo.  / Gentileza Canal 7

“La cautiva”Basado en el poema homónimo de Esteban Echeverría. Adaptación y dirección: Israel Adrián Caetano. Producción general: Pablo Culell. Protagonizada por Paola Krum y Gastón Pauls. Elenco: Alejandra Rubio y actores oriundos de Pergamino. Una coproducción del Incaa y Canal 7 para el ciclo “Cuentos de película”. Emitido el jueves 29 de noviembre, a las 22, por Canal 7. Repite: martes 4, a las 22. 
Nuestra opinión: muy bueno.

Si el talento de Adrián Caetano hubiera estado en compañía de un mayor presupuesto, “La cautiva” no habría resultado otra cosa que una maravilla. Tal es la certeza que queda después de haber visto la versión del poema de Esteban Echeverría, dirigida por Adrián Caetano para el ciclo “Cuentos de película”, una coproducción del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales y Canal 7.

Caetano hace que “La cautiva” avance hasta la actualidad. Se escucha un fondo percusivo de tambores mientras las ruedas de dos autos levantan la polvareda de un camino de tierra en pleno campo. Los automóviles son los caballos del siglo XXI en los que se desplaza el malón, es decir, la banda de delincuentes que ha secuestrado a la cautiva (una magnífica Paola Krum) y a su hijo, malherido.

Cronista de su tiempo

Son las postrimerías de un robo. Los ladrones huyen con sus rehenes y toman por asalto una casa aislada en el campo. Brian (Gastón Pauls), en otro auto, los persigue para rescatar a su esposa y a su hijo. Pero en el enfrentamiento con los malhechores sólo encuentra la derrota y múltiples heridas de bala que lo dejarán moribundo. Ahora la familia íntegra está presa de los delincuentes.

La noche de borrachera y juerga de los indios de Echeverría se transforma en litros de tetra-brik en un festín epicúreo con el toque mediático del canal de cable Elgourmet.com. La madrugada y la cautiva, cuyo hijo ha muerto en sus brazos, encuentran a los criminales dormidos. Ella huye, sigilosa, roba un cuchillo y asesina a un delincuente para rescatar a su marido. Ya no es madre, ahora sólo es mujer. Y más que nada, un ser reducido a luchar para sobrevivir. Sólo después de que el matrimonio ha huido llegan los policías. Son como los soldados que atacaron la toldería, pero con una diferencia. Aquellas tropas asesinaron sin piedad a los indios, a sus mujeres y a sus hijos, pero al menos rescataron a los rehenes, mientras que las fuerzas policiales en el cuento de Caetano convierten su faena en una masacre que no saltea a la dueña de casa y su hijo, ambos víctimas inocentes. En tanto, María deambulará por el campo con Brian a cuestas, sin esperanzas, sin final feliz.

De la misma forma en que Esteban Echeverría pintó la violencia social de su tiempo, Adrián Caetano se encargó de hacer lo propio con el suyo sin dejar de respetar, a la vez, el espíritu del poema original, donde los protagonistas son víctimas (también victimarios) de un tiempo virulento donde todos pelean por “lo propio”.

Antes eran los “huincas” usurpando tierras, los indios asaltando pueblos y soldados arrasando tolderías. Hoy, se trata de la inseguridad: marginales que van por un botín que toman “por derecho” (“¿Para qué se quedaron con lo que es nuestro?”, le recrimina uno de los delincuentes a la cautiva) y una policía de dudoso desempeño.

La forma de contar

Aun ante una realización que deja tras de sí la huella de cierto apuro, se percibe el arte de Adrián Caetano para traducir sentimientos y relaciones humanas en pura imagen. No queda el espectador insensible frente a un primer plano de los rostros de María y Brian, superpuestos, sedientos, con las lenguas extendidas en busca de las gotas mínimas que caen, espaciadas, de un lugar incierto, dentro de un establo. Los dos van por el agua, uno moribundo, la otra ya casi sin alma y aun en ese instante de sed no hay sino amor.

Y todavía más. Caetano cuenta su historia con la cámara, a veces por delante, a veces desde atrás. Por delante, cuando el lente quieto, como ausente, no quiere ser una mirada indiscreta. Desde detrás, cuando la cámara respira, con un leve movimiento interno de sube y baja, como agitado testigo de una escena bestial.

Sólo podría reprochársele al director la composición de una de las últimas escenas, con María y Brian en un arroyo, ella sentada, él apoyado en su regazo, muriendo, con los brazos extendidos, el cuerpo como una cruz. Poco creativa, excesiva, a mitad de camino entre “La piedad”, de Miguel Angel, y una expresión kitsch, resultó ese cuadro que vino a empañar, sobre el final, una factura humilde pero de gran dignidad artística.

Por último, fuera de los parámetros de esta crítica, queda el pésimo texto de presentación del ciclo -dicho por Víctor Laplace-, cargado de giros de tono burocrático (“cabe agregar”) y donde, además, se cometió el error de hablar de Braian en lugar de Brian, tal el nombre (sin pronunciación inglesa) que concibió Echeverría para el personaje de su obra.

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