La resistencia silenciosa

En este mundo, de un lado se hace presente la civilización del hombre europeo que descendió del barco y conquistó el nuevo mundo del otro, la barbarie del indio que desconoce la tradición del otro tanto como el otro desconoce la suya.

En este mundo preponderantemente masculino, la voz de la mujer de frontera aparece silenciada. Es de este mundo cristiano, para nada idílico ni complaciente con la condición femenina, de donde provienen las cautivas que son incorporadas a la sociedad indígena. Pasan de una comunidad a la otra en ocasiones sin cambiar, precisamente, de penurias. Son incorporadas a una nueva vida donde se cruzan lenguas, se cruzan sociolectos, se cruzan culturas que logran convivir, a veces violentamente, otras en armonías, siempre influyendo unas sobre las otras.

Y es en esos cruces donde aparecen las historias de mujeres blancas que eligen quedarse con los indios y reniegan de su sociedad, sin por eso dejar de lado la cultura de origen que transmiten a su descendencia mestiza. La mujer blanca cautiva habría sido capaz de crear ciertos mecanismos de resistencia cultural y, en ocasiones, hasta de jugar un rol preponderante en esa nueva sociedad de acogida, a la que no había llegado por propia determinación. Habrían incluso conquistado un status superior al que ostentaban en su lugar de preponderancia, ya que en muchas ocasiones su compañero tenía status de jefe, lo cual las colocaba en una situación de privilegio que nunca antes habían gozado y que perderían definitivamente si retornaban.

La evidencia recogida durante la campaña del gobernador Juan Manuel de Rosas, evidencia que las cautivas mujeres doblaban en número a los varones cautivos. Posiblemente este hecho no sólo obedecía a que los indios apresaran a más mujeres sino al hecho de que a ellas las conservaban mientras que muchos de los hombres capturados eran sacrificados.

Así es como la cautiva se convierte en sincretismo de dos culturas. Cuando los soldados de Rosas toman contacto con estos cautivos rescatados notan que la mayoría de los hombres no hablan más que la lengua indígena de la tribu que los acogiera, habiendo olvidado totalmente la propia, mientras que las mujeres conservaban la lengua española tanto como la fe cristiana.

El hecho de conservar la lengua y de transmitirla a las pequeñas nuevas cautivas incorporadas a las tolderías, que pasarían sin duda la mayor parte de sus vidas entre los indios, evidencia un alto grado de conciencia lingüística y un deseo de preservación de la propia cultura. Todo lo cual no obstaculizó el lento proceso de asimilación a la cultura aborigen, con la que ostensiblemente se identificaban en gran parte.

Puesta en esta situación, la mujer del siglo XIX fue capaz de elaborar una estrategia de supervivencia que le permitió, no solo asimilarse a la nueva cultura, sino aportar la que ya traía, alimentando un sincretismo lento y persistente que se mantendría a través del tiempo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: